
A la escuela ni los chicos ni los docentes van a hablar por teléfono. Al menos, no deberían. Y no hace falta ninguna reglamentación para prohibir eso. Es como si fuera necesario una ley que vedara el uso de equipos de música en las aulas.El asunto provoca otras reflexiones. Aunque todavía haya quienes los descalifican, el celular es una maravilla. Modificó los circuitos del hablar y el escuchar, ahora posibles de manera ambulatoria. Y es un instrumento de seguridad. La revolución telefónica-social tiene innumerables consecuencias y algunas son paradógicas.El celular da y quita privacidad. Y tiene contraindicaciones que no son imputables al aparato, como la compulsión a hablar todo el tiempo.
El celular está lleno de ambig[uedades pero ninguna autoriza a que dominen todos los espacios. Nadie imagina a un cirujano contestando un celular cuando está operando, tampoco un estudiante debe prenderlo en tanto estudia. Aprender requiere atender. Y debe respetarse. Son todas cosas de riguroso sentido común. Y no necesitan ser reglamentadas.
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Lorenzo Sans



